Sonreír y morir… o dejar de sonreír y vivir.
Los labios de Manuel arropando los míos, haciendo torbellinos de lujuria con su lengua. Su mano, lentamente deslizandose por mi cadera. “¡Oh! Realmente lo hace tan bien.” – pensé.
Nos besamos por alrededor de medio minuto y él comenzaba a jugar con la tira de mi sostén y mi piel se erizó completamente, estaba sumergida en un mar de excitación y ansias por devorarlo; pero… más vale el orgullo.
– ¡No! Tú no me vas a hacer esto. Yo no voy a dormir contigo. – dije, quitándole la mano de mi hombro.
– No dormiremos… ¡créeme! Eso jamás… –respondió él excitadamente, mientras que recorría mi cuello con su boca, hasta llegar a mi oido susurrándame todo tipo de perversiones, lo cual me derritió aun mas; pero…
– ¡Manuel! Yo no quiero simplemente tener ‘sexo’ contigo – Le dije un poco avergonzada. Entonces caminé hacía mi tocador, abrí la tercera gaveta y saqué un sweater bastante ancho y largo, que casi parecía una bata. Me lo puse. Ya era suficiente exhibición.
– Patricia… ¡Créeme! No estaremos teniendo sexo, ¡oh no! Estaremos haciendo el amor, ¿no crees?
– Manuel, ¿Me ves la cara de estúpida? Pues si crees que me voy a tragar esa frase tan cliché, realmente debo tener cara de estúpida de película de Hollywood.
– No, Patricia. Te lo digo en serio. Creo que estoy enamorado de ti. – Dijo Manuel, algo serio.
– ¿De mi o de mi ropa interior? ¡Menos mal que ya me puse una bata! – Respondí.
– Patricia… Bésame… – Dijo Manuel acercandose, abrazandome y… “¡Oh my god! ¿Qué es eso en mi muslo?”
El beso de Manuel fue irresistible. No pude volver a decir “no”, eso querría decir que no era humana; porque la forma en que ese hombre besaba, era ambrosía, ambrosía pura.
Si, ese día, no realizamos ningún proyecto. Este fue el día en que Manuel y yo exploramos nuestras energías simultáneamente por primera vez, apasionadamente. Su lengua, esa que tanto ansiaba, recorrió mis pezones, muslos, cuello, todo lugar existente en el cuerpo humano. Sus manos apretaron, penetraron, acariciaron, me enloquecieron. Manuel y yo estabamos empapados de sudor, mis manos recorrían su espalda mientras él en mi, entraba. Fue exquisito.
Para ser honesta, yo pensé que después de éste episodio sexual, Manuel volvería a ser el mismo patán de siempre. Estaba casi segura de que él solo quería utilizarme; pero no. Esa fue nuestra primera vez y desde entonces yo jamas he tenido sexo con él, pues cada vez, cada oportunidad, hacemos el amor; y eso es muy distinto.
Los meses pasaron y Manuel y yo no podíamos dejar de vernos a escondidas, de amarnos, de aniquilarnos. Mi amor por él había crecido extremadamente y yo estaba segura de que él era el hombre de mi vida; pero había un problema. Cada vez que yo le decía que quería tomar la relación de manera publica, él lo negaba, él no quería hacerlo y esto no solo me hería totalmente, también me preocupaba y frustraba.
Continuábamos siendo amantes. De esos que jamás están satisfechos del otro. Devorandonos a cada instante posible, materializando nuestros fetiches y perversiones. Si estábamos en las escaleras, descargábamos nuestras energías en ellas; si estábamos en la cocina, haríamos el amor en esta; si estábamos en la playa, ¿por qué no? Nos devorabamos en el agua. Cada lugar, cada esquina de la casa, cada habitación, tenía una marca, un sello de amor, de pasión e incluso, de dolor.
Un día, después de un año de ser amantes, estábamos cansados y desnudos en la cama. Él me tomó la mano tiernamente y la besó, a lo cual yo sonreí. Al mismo tiempo, observando la oscura habitación y el techo blanco que estaba encima, le dije:
– Manuel… tú sabes muy bien que te amo…
– Y yo te amo a ti – respondió él, sonrientemente.
– Si, pero…tú no quieres formalizar esta relación. ¿Por qué?
– Oh, Patricia, ¿vas a comenzar con lo mismo de siempre? Por favor, comprende, mira, te explico: En el momento en que formalicemos esta relación, créeme, en ese mismo instante, la mala suerte caerá sobre nosotros y dañara este perfecto sentimiento. Se acabará.
– ¡Pero Manuel! Estás loco, en serio, ¿como dices eso? Mira, yo tengo 20 años y no estoy para andar escondiéndome. Esta situación me desagrada muchísimo. –respondí, bastante molesta.
– No. No quiero arriesgarte –respondió él, mirando el techo. Yo solté un gran suspiro y me di la vuelta para darle la espalda. Yo observaba la pared, pensando en la situación por algunos momentos y eventualmente, me quedé dormida.
Los meses pasaban y seguíamos amándonos, él era el novio perfecto, haría cualquier cosa por mi; pero llegó el punto en el que me cansé de esconderme y de amarle en secreto. Ya estábamos en cuarto semestre; sin embargo, yo tomé una decisión que aunque me doliera, era necesaria. “Le da verguenza ser mi novio” – pensé y me salí de esa Universidad. Le escribí una carta inmensa a Manuel, diciéndole lo mucho que le amaba, pero lo poco que confiaba en relaciones de este tipo. Le expliqué que él era todo para mi y que ya mi corazón no podía aguantar esta situación. Yo sabía que le iba a doler, porque si, él me amaba; pero no lo suficiente para tomarme como su novia en público. Empaqué mi ropa, mis accesorios y todo lo que iba a necesitar. Me despedí de mis padres y les aseguré que iba a estar bien, conduje hacía la casa de Manuel y puse la carta en el buzón. Nuevamente conduje y conduje hasta llegar a Bogotá, donde estaba viviendo mi hermana .
En ese momento, mi vida cambió. Manuel no sabia donde encontrarme, yo le había dado instrucciones exactas a mis padres de no decirle nada. Cambié mi numero telefónico y también mi correo electrónico. Esta vez, estaba dispuesta a olvidarle y a convertirme en una memoria para él. Temporalmente… fue así.
Continuará…





















