Hoy es cuatro de abril y el día es oscuro. Gabriela abre sus ojos lentamente, como quien espera encontrar un par de rayos implacables de sol quemando su cara, sus parpados van dando paso al azul de sus ojos, sus pupilas no se dilatan, la luz que hoy entra a su habitación es poca. Se levanta sin afán y abre sus pulmones, respira profundo, de repente su rostro dibuja una expresión de asco, sus labios torcidos y su seño arrugado lo revelan al instante, “algo huele mal, muy mal” susurra, mientras se levanta de la cama. Camina sin afán, se mantiene de pie frente a la ventana, rueda la cortina y comienza a buscar el sol, no lo ve como en los pasados días, solo ve una luz distante, “hoy las nubes tapan al sol” dice mientras sonríe, como quien quiere aliviar un dolor, una angustia, se consuela con la luz, la ve, la analiza y dice, ahora convencida, “allá está el sol, es de día”.
Hace cuatro meses Gabriela fue diagnosticada con cáncer de seno, a partir de ese día había perdido algunas cosas como parte de su cabello, el brillo de sus ojos y la calidez de su piel, otros elementos había decidido alejarlos, sus amigos, su trabajo, su pareja y hasta su reflejo, no había en su habitación ningún aparato que provocara un reflejo, nada. Se aparta de la ventana mientras sigue buscando de dónde viene el hedor, mira con sospecha un par de sábanas y un plato de comida que nunca había tocado, que seguía servido desde hace un par de días, acerca su nariz a cada objeto, nada, de ellos no proviene, entonces, decide salir. “Mientras camino un poco, un par de horas, alguien vendrá a limpiar, cuando vuelva, ese estúpido hedor no estará” dice mientras empuña la boca y tira la sábana que aún sostenía.
Gaby decide no bañarse, el día está muy frío y prefiere salir rápido de esa habitación. Elige ponerse un par de jeans que hace mucho no veía, de repente ve una mancha de color purpura muy oscura en cada una de sus piernas, no se preocupa, “maldito cáncer” piensa, termina de vestirse sin más sobresaltos. Cuando está a punto de salir, toca su rostro, había aprendido a hacerse una imagen mental de cómo se ve, solo acariciándose, hoy siente sus ojos más profundos, como si el cerebro se los estuviera tragando, “Jum, debo por lo menos comer más” dice mientras echa un último vistazo a la comida que tenía amontonada y que no había tocado.
Sale de su edificio, ubicado justo en el centro de una ciudad capital que poco vale la pena mencionar, da la vuelta y se para a un lado, respira, el hedor no se ha ido, lo ignora, piensa en qué quiere hacer, a dónde quiere ir, al instante una niña de unos 12 años, morena, de cabellos abundantes y engajados se acerca a ella “eres nueva aquí?” le pregunta con curiosidad, Gaby la mira, busca en su memoria la imagen de esta pequeña, no encuentra nada, y dice subiendo un poco el tono, queriendo reflejar autoridad, “Quién eres? Vives en este edificio? dónde está tu madre?”. La niña la mira con extrañeza y se aleja susurrando “seguramente lo es”. Para Gabriela la situación era comprensible, había olvidado que hace mucho no salía de su encierro, sí, seguramente sería nueva, la que acaba de llegar para muchos, pero no, hace cerca de cinco años que vivía en el mismo lugar, quien sabe si con la misma gente alrededor.
A paso lento recorre un par de cuadras, se distrae viendo un parque al que solía ir con Mario, su ex novio, sus ojos se humedecen, decide avanzar, alejarse del lugar, contiene las lagrimas y respira profundo, y sí, ahí estaba, el hedor no desaparece, la calle hiede exactamente igual a su habitación, incluso peor. Después de treinta minutos recorriendo algunas calles, Gabriela ya no quiere comer, no quiere entretenerse, solo necesita escapar de esa mezcla insoportable de hierbas secas, carne puesta al sol a punto de podrirse y algún desecho corporal que aún no podía definir, que no la dejaba respirar tranquila. Inquieta, angustiada, decide entrar a un café, aire acondicionado, si, algo acondicionado era justo lo que necesitaba, entra, elige una mesa cerca de la ventana. Ojea la carta y cuando levanta la mirada, lista para pedir su orden, ahí estaba, el momento que tanto odiaba, ese en que la gente la miraba con compasión, “pobrecita, mírala” podía leer en cada uno, por eso se alejó de todos, nadie era capaz de verla como un ser normal, “idiotas” susurra, esperando que alguno la escuche, riegue la voz de su impertinencia y todos dejen de mirar, nadie escucha.
Ordena un café doble y un par de donas, “bien cargado” le indica al mesero. El pedido no demora en llegar, la bebida está cargada y caliente, el aroma disipa el hedor que solo se ha ido un poco por lo acondicionado del ambiente, y que ante el café desaparece. Ella no tiene afán, disfruta cada sorbo, decide no pensar, solo observar, niños corriendo en el parque de enfrente, mujeres sentadas una al lado de otras, los perros en la acera, sobre sus manos un par de moscas que espanta con un “chu”, es hora de regresar.
Sus piernas pesan y duelen como no lo había sentido antes, saca un billete y lo deja sobre la mesa, se levanta con mucho esfuerzo y sale del lugar, de frente le golpea el hedor del que estuvo algo aislada por una hora y un poco más, ha regresado, ahora es más fuerte, insoportable. Intenta caminar rápido, sus pies duelen y es más difícil moverlos, como si no pudiera doblarlos del todo, es una sensación extraña, “para recordar: debo regresar al médico” dijo mientras se apoyaba en su pie izquierdo para bajar el escalón de la acera. “Maldito hedor” dice con enojo mientras se acerca a un bote de basura y vomita sin parar por un minuto, “he aguantado mucho” dice secando las lagrimas que dejó el esfuerzo que hizo su cuerpo, sigue su camino. Está ahora a solo dos cuadras de su edificio, acelera el paso, sus manos se han puesto helada y solo es medio día.
Está frente a su edificio cuando escucha una voz que pregunta “Ya hiede menos, no?”, Gabriela voltea y ve a la misma niña de hace un par de horas, “Tú también lo sientes, qué pasa en esta ciudad, acaso nos estamos pudriendo?” le pregunta con expresión asqueada. “Ya pasará” le contesta la niña sonriendo, “pasa todo el tiempo” remata. Ella no entiende nada, mira a la niña como pidiendo más información, la pequeña se aleja lentamente, Gabriela abre la puerta, está a punto de entrar cuando escucha nuevamente esa voz “Intenta pensar en algo distinto, a mi me funcionó, ya nada huelo, ya lo notarás, dentro de un par de horas tu cuerpo será nuevo y verás que no apesta tanto estar muerta” le dice con una sonrisa de consuelo en el rostro.





















